Gina Murillo

Ser o Parecer

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Los prismáticos…

Mis torpes pies tropezaron con mi vieja maleta. Se abrió, mis gastados prismáticos todavía existían…

Estaba en duermevela, ese sueño fatigoso, inquieto; frecuentemente interrumpido por el temor a no escuchar mi respiración…

Mi amiga invisible, la vida, me susurraba lánguidamente. Mi vieja maleta embebida de huellas, descansaba junto a mí.. La noche era lo peor: su oscuridad, su silencio interrumpido por el ir y venir de las olas; su silencio detenido por la afonía de unas hojas otoñales, tendidas sobre la tierra. Sí, esas hojarascas, deslizándose de aquí para allá al ritmo de una suave brisa, eran mi única compañía.

Sí, entre las tinieblas de la noche, alucinaba pintadas lúgubres con potentes alaridos silenciosos… Escuché sus silencios, me sobresalté. Mis torpes pies tropezaron con mi vieja maleta. Se abrió, mis gastados prismáticos todavía existían. Los tomé, acoplé mi visión, cogí el tranquillo y aprendí a contemplar el horizonte, buscando vida en él…

Tenía ante mí la belleza abrumadora de unas costa única, un capricho de la naturaleza. Sus aguas traslúcidas, luminosas, proporcionaban a este pedazo del Mediterráneo una hermosura inenarrable. Su piedra de tosca y sus rocas negras e irregulares, conforman unos contrastes que le otorgan un aspecto poco común, le otorgan una apariencia extraterrestre. Así es como me sentía yo, una alienígena cósmica, esperando su rescate…

Navegué mentalmente, surcando las aguas diáfanas que me aportaban una sensación de frescura. Navegué contra la dirección del viento, hacia barlovento; haciendo un zigzag contra las ráfagas, que me permitía navegar a través de las franjas, donde el viento no es favorable. Navegaba sin perder de vista la costa, con la grata compañía de una familia de cormoranes, que al igual que yo, querían cambiar su destino desde el primer Montañar al segundo, y como destino final “Cala Blanca.

Navegábamos dejando tras de sí las siluetas altivas y cimbreantes palmeras, que junto a un surtido colorido de sombrillas, engalanaban una pequeña playa de arena dorada, colmada de personas de todas las edades, formas y colores, cuyo murmullo, ampliado como si de altavoces se tratara, golpeaba cruelmente mis oídos, desbaratando mi sosiego. Arruinando mi embelesamiento, en medio de un mar silencioso, enigmático, profundo, con un horizonte incierto, que me provocaba en cierta medida incertidumbre, desorientación, una pieza que agrego en algunos momentos y le otorgo, sin percatarme de ello, un sentido demasiado trascendente. Olvido, quizá con demasiada frecuencia que la vida ” pre sé” supone incertidumbre, probabilidades, posibilidades, en definitiva riesgo, sin ninguna garantía…

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Saludos

Gina Murillo

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Gina Murillo, el arte de la comunicación no verbal