La mosca cojonera

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La mosca cojonera

Un tour por la comunicación no verbal, con mi amiga, la mosca cojonera

La encontré agazapada en un rincón, la miré con perplejidad. Siempre había sido un bicho fastidioso, incómodo, molesto, pero ahora su aspecto era endeble, enfermizo.

Pensé con gran satisfacción que esta enojosa mosca iba a desaparecer de mi vida y sin darme cuenta comencé a echar la vista atrás.  En mi mente apareció uno de sus relatos, que hace un tiempo me contó con gran entusiasmo. Mi amiga la mosca cojonera, acostumbraba a ir de un lugar a otro,  normalmente su destino no dependía de ella, estaba supeditado al entorno por el que le dejaban desplazarse.  Estaba habituada a deslizarse por lugares atroces, había convivido con animales indómitos, había vivido en sus propias carnes momentos salvajes, pero, jamás a su regreso la había encontrado en semejante estado.

Me entristecí, aunque era muy pesada, la consideraba una buena amiga. Me arrepentí de mis malos pensamientos y cambié mi actitud. Ciertamente necesitaba mi ayuda. Me acerqué, la puse entre mis manos y comenzó a reaccionar. Tenía sus ojos empañados de lágrimas, se las sequé y después de unos instantes, inició su narración. Me contó que en el último momento cambió su destino y decidió vagar por la gran ciudad. Se ilusionó, la ciudad tenía un aspecto civilizado, las personas que transitaban no eran muy comunicativas, pero en principio parecían cordiales.

Entró en una cafetería muy elegante y encontró una especie humana muy refinada, desconocida para ella. Le llamó la atención un tipo que a primera vista parecía cordial. Su aspecto físico le pareció correcto y su tono de voz educado. Un café esperaba en su mesa, pero él parecía no darse cuenta. Sus ojos estaban fijos, sin parpadear; su mirada ensimismada,  estaba perdida; como el que mira pero no ve. Le llamó la atención que sus pies no paraban de moverse. Se deslizó  por la sala y se situó frente a él. Mi amiga se fue acercando poco a poco, el tipo no le habló, no le intimidó, por lo que sutilmente, se posó sobre su elegante hombro. El tipo se bebió su café de un sorbo, dejo unas monedas sobre la mesa y sin mediar palabra, levantó su mano en señal de saludo, salió, y ella con él.

Cruzaron una calle muy ancha con numeroso tráfico y entraron en un elegante edificio. Cogieron el ascensor junto a otros individuos más, que miraban al suelo y con gran asombro por su parte, presenció cabezas gachas, ausencia de palabras, pero curiosamente, miradas de reojo y leves gestos con las manos, que a su entender denotaban cierta impaciencia. Realmente, el tipo estaba tan metido en sus propios pensamientos que no se percató de la presencia de mi amiga.

Llegaron a su gran despacho. Se sentó tras la mesa, cogió su teléfono y comenzó, lo que parecía en un principio, una amable conversación. A pesar de que mi amiga es incapaz de entender una sola palabra, comprendió por el cambio de su voz, su rostro enrojecido, su expresión facial tensa, sus ojos saliéndose de las orbitas, sus manos mesándose los cabellos, sus piernas moviéndose como queriendo escapar, sin poder hacerlo; con la sensación de que el tipo que acababa de conocer se sentía preso… que algo extraño estaba ocurriendo. Un golpe brusco sobre el teléfono, interrumpió la agitada conversación. El tipo, echó mano a su corbata, le estaba ahogando, al menos eso creía él, aunque mi amiga, intuía, que ese gesto denotaba angustia vital y mucha dosis de estrés. Mi amiga se aproximó hasta su roja oreja y con suma dulzura le intentó susurrar algo en el oído. De repente una brusca actitud se apoderó de él y de un manotazo, la transportó hasta otro elegante despacho. Evadió las consabidas medidas de seguridad: un manotazo tras otro y se plantó frente a otro tipo de aspecto más sereno. Por un instante se mostró cortés, pero mi amiga fue directa, sin contemplaciones a susurrarle en el oído, pero cuando comenzó a escuchar algo de su historia, se enojó y con su dedo pulgar y corazón, la estampó contra el suelo. Mi amiga se aterrorizó, vio como su pie se aproximaba sobre ella, consiguió rozarla. La dejó tambaleando, temblando, moribunda, pero consiguió escapar. Después de unos momentos críticos, mi buena amiga, logró salir airosa y pudo llegar hasta mí, cabizbaja, con ánimo derrotista y lo peor de todo, no consiguió su propósito: que estos tipos estresados, inquietos, amargados, con los que se había topado no quisieran escuchar, su teoría sobre el tiempo, el dichoso tiempo, que altera de una manera altamente llamativa, la comunicación no verbal, y eleva el grado de estrés. Esas palabras silenciosas que suben de volumen, sin pedir disculpas.

Yo apesadumbrada por la tristeza y la bondad de mi amiga la mosca cojonera, la acaricié y le dije: “empieza ya, que me estoy impacientando».

“El tiempo en sí es infinito, pero nuestro tiempo es limitado”

En muchas ocasiones la mala organización del tiempo lleva unida una fuerte dosis de estrés, que sin lugar a dudas se traslada a la expresión facial, la mirada, la sonrisa y gestualidad.

Quiero exponer la regla 80/20, también conocida como “Principio Pareto” (estoy segura que os hará pensar), según la cual el 20% de las actividades produce el 80% de los resultados y el 80% de las actividades produce el 20% de los resultados. Expuesto esto, cada cual que saque sus propias conclusiones.

Su historia me conmovió, la cobijé, la arropé, le curé sus heridas,  y le regalé mi bicicleta. Me sonrió, se acercó sutilmente y me dijo con la voz entrecortada: “quizá alguien me permita susurrarle”

¿Ser o Parecer?

Un saludo

Gina Murillo

2 Comments

  • Norman Reeley on 20 junio, 2014

    Otro blog de ​​literatura y de gran interés Gina, me encanta!

    • Gina Murillo on 20 junio, 2014

      Muchas gracias Norman. Hasta la próxima

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Gina Murillo, el arte de la comunicación no verbal

Edición tapa blanda EUR 9,83
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¿Esperar qué? Si todo está en ti: Comunicación no verbal. Emociones [Tapa blanda]

Gina Murillio Benedicto (Autor)

 

Reseña del editor

Yo con éste, mi nuevo libro: ¿Esperar qué? Si todo está en ti, he intentado entreabrir un resquicio hacia mi interior, profundizar, analizar, los secretos que la comunicación no verbal nos grita a voces, y como no, hacerme reflexiones en voz alta, no carentes de interrogantes. No me preguntes ¿por qué?, pero parece ser que es éste, mi signo ortográfico favorito. Bueno, quizá sea porque me encanta el reto, la magia de las emociones propias y ajenas. Me encanta la curiosidad, es ella, la que alerta mi imaginación; la que se encarga de comunicarme que la vida está en constante movimiento. Quizá sea ella, la curiosidad, la que curiosamente revela que cada uno actúa de un modo diferente ante la misma circunstancia. La que
me lleva a observar, a pensar, que nadie es raro. Probablemente porque cada uno de nosotros somos únicos. Quizá, sea ésta otra razón, la que me lleve a obtener como respuestas, más interrogantes en este incesante viaje, cuyo destino, la vida, en sus numerosas escalas, te avisa de que vivir es un verbo de acción. Asimismo, te comunica que tu relación, tu fuerza, en definitiva, tu existencia, hay que vivirla y no sólo imaginarla. Esas mismas escalas, son las que te enseñan, que la alegría es una buena compañera y que es su compañía, la que te proporciona sensaciones de bienestar, de paz, de sosiego, de armonía. Esas paradas, te recuerdan que tu vida no depende de si alguien viene o se va; te recuerdan que el único protagonista de tu vida eres tú. Te recuerdan que tomar el riesgo de ser tú mismo es apasionante. Te recuerdan que el desafío de la reinvención proporciona un subidón de adrenalina que te hace vibrar. Te recuerdan al fin, que tú eres el único propietario de esa llave mágica, capaz de abrir todas las estancias de tu existencia, y que por nada del mundo puedes dejarla escapar. Esas señales, esas voces que se desgañitan avisándote –avisándome– de que todos los trayectos de tu vida tienen un gran interés, pero que algunas veces mi sordera interior, no me permite escucharlas y los paso por alto. Sin embargo, otras, resuenan como un eco en mi interior, evocando a mi poder de decisión: elijo vivir por y no por casualidad. Elijo hacer cambios en lugar de tener excusas. Elijo estar alegre y no amargado. Elijo autoestima y no victimismo. Ese viaje a través del aprendizaje, en el que guardar el equilibrio, ayuda a soportar sin sobresaltos los contratiempos y enigmas cotidianos, en el que las respuestas, presumiblemente, caen a cuentagotas. En ocasiones, ese dosificador te hace recapitular e invocar a la paciencia. Una lección que tenemos que aprender desde el inicio de nuestros días… Practicar la paciencia cuesta lo suyo. Ese goteo lento de respuestas que te indican que, aunque digamos que estamos motivados para hacer un cambio, ello no significa que el cambio se produzca inevitablemente. Tenemos que encomendarnos a la infalible, costosa e ignorada… Perseverancia. Cuando creí que tenía respuestas, hallé en ellas más preguntas… ¿A ti no te pasa también? ¿Esperar qué? Si todo está en ti.

Biografía del autor

Nacida en Valencia, España. Universidad de Valencia. Dedicada al mundo de la moda , la imagen y venta en una cadena de boutiques. Actualmente, impartiendo cursos dedicados al estudio de la comunicación personal, como método para lograr un mayor conocimiento y desarrollo en el ámbito personal, social y professional. Gina Murillo 2014


 

Yo AlmaCoincidencia, un trágico giro del azar o Malévolo Karma?La imagen personal, no es algo superficial