La melancolía…

La melancolía…

La melancolía es una de las peculiaridades del ser humano interpretado como ser que experimenta y que anida sus vivencias habituales a través de las emociones.

La palabra melancolía, según el diccionario, provienes del latín “melancholia” y esta a su vez del griego que significa “bilis negra” o “atrabilis”. Esta denominación tiene su origen en la “teoría de los cuatro humores” concebida por los antiguos griegos para explicar el origen de las enfermedades y los cambios  de temperamento en los individuos. Según esta teoría, dependiendo de la influencia mayor de uno de los líquidos corporales en el organismo de una persona, los individuos podían clasificarse como sanguíneos (la sangre), flemáticos (la flema), coléricos (bilis amarilla) y MELANCÓLICOS (bilis negra). En este sentido, era la bilis negra la que en las personas provocaba el comportamiento triste, abatido y apático que caracteriza a los individuos melancólicos.

La melancolía es una emoción, un sentimiento, determinado por una especial pena cuyo rostro y aspecto es difícil de disfrazar. Sabemos que una mirada, en muchas ocasiones lo dice todo; la mirada indiscutiblemente comunica, la mirada sirve para expresar emociones. A pesar de que la variedad de movimientos posibles de los ojos y su área cercana es muy limitada si la comparamos con las expresiones faciales o con los gestos, lo cierto es que la mirada melancólica habla por sí sola: los parpados experimentan una caída libre, difícil de encubrir y el ángulo de las cejas se eleva, por no hablar de la falta de brillo y vitalidad que caracteriza la alegría y el bienestar.

La sonrisa, esa mueca innata que en teoría debería demostrar  satisfacción, regocijo, en fin, emociones positivas,  en la emoción de melancolía, se convierte en una clara demostración de que también con la sonrisa podemos manifestar emociones negativas, no se pretende con este tipo de sonrisa, ocultar la adversidad y la infelicidad: los labios quedan en una posición muy particular, de forma rectangular.

La melancolía, sin lugar a dudas se caracteriza por el abatimiento, el desánimo, la falta de vitalidad, la indolencia, por lo que su postura corporal, dejará bien claro su estado de ánimo. Con la melancolía se pierde el brío y el espíritu entra en un estado delicado, agotado. La persona que está pasando por este trance, se despreocupa de lo que su apariencia indique por lo que su comunicación no verbal grita a voces, lo que su apesadumbrado, débil y bajo tono de voz es incapaz de expresar con palabras. Su modo de caminar será lento, desganado. Sus brazos y manos dejaran de tener un protagonismo en su movimiento habitual. Su cabeza quedará en posición gacha y su espalda pasará de estar erguida a encorvarse por el peso de su tristeza.

En muchas ocasiones, la melancolía brota ante el descontento de nosotros mismos. Sufrimos una sensación de impotencia, una incertidumbre exagerada, una fijación constante en nuestros defectos y sobre todo la melancolía muestra un claro desinterés por motivos afectivos, aunque contradictoriamente, muchos escritores y poetas en estados melancólicos han creado sus mejores obras.

“Muchas veces las gentes lloran porque encuentran las cosas demasiado bellas. Lo que les hace llorar, no es el deseo de poseerlas, sino esa profunda melancolía que sentimos por todo lo que no es, por todo lo que no alcanza la plenitud. Es la tristeza del arroyo seco, ese caminito que se retuerce sin agua… Del túnel en construcción y nunca terminado, de las caras bonitas con dientes manchados… Es la tristeza de todo lo que no está completo”.-  Elena Poniatowska

                     Como conclusión te dejo en mi opinión, una  interesante descripción de la melancolía

“Leyendo un libro, un día, de repente, hallé un ejemplo de melancolía: un hombre que callaba y sonreía muriéndose de sed junto a una fuente.- José Ángel Buesa

Un saludo

Gina Murillo

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