Gina Murillo

Ser o Parecer

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La hipocresía, una mala compañía

Fragmento de mi libro: “Mis vistas desde Inocencia”… Me rebelo ante la ley de la hipocresía pues nadie puede ser libre si se siente obligado a ser como los demás…

Esa renovada paz, la alegría que proporcionan esos rayos de sol insinuantes y el guiño insistente de mi pretendiente favorito el mar, me hicieron tomar una decisión muy acertada. Cambié mi camisón por el bañador, me calcé mis sandalias cangrejeras, cogí mi toalla y me precipité escaleras abajo. Fui la primera, bueno al menos eso creo yo, en lanzarme a esas aguas cristalinas que tiende a mostrar esa pequeña cala de piedras y rocas, en la que conviven apaciblemente pulpos, cangrejos, erizos, éstos de vez en cuando, nos obsequian con algunas púas, pero bueno, yo ya soy bastante ducha en este asunto y nos respetamos mutuamente.

Me sumergí felizmente. Desde que esas olas me devolvieran la llave de mi caja de secretos, mi actitud, mi valentía, me habían llevado a no tener miedo de nada. Esa persona que esperaba, que ni tan siquiera me atrevía a pronunciar su nombre “la muerte” había dejado de pintarla de negro, estaba preparada para que me recogiera cuando ella considera oportuno. Mi visión estaba bien definida, limpia, pura. Las máscaras se habían disipado, nos mostrábamos tal y como éramos, los antifaces los dejábamos para el carnaval.

Esas aguas matutinas, algo frescas, renovaron mi espíritu. Me senté plácidamente sobre una de las rocas. La inmensidad del mar me embelesa, aunque en ocasiones, muestre un cierto talante de hipocresía . Ese mar, que muestra un aspecto amable pero que su alma agitada, a veces perversa, nos arrastra hacía sus profundidades, sin posibilidad de emerger a la superficie. Mi cariz, mi aspecto hipócrita que me había acompañado parte de mi existencia lo estaba lanzando sobre aquel horizonte borroso, tenebroso y de vez en cuando escudriñaba, con aquellos prismáticos desgastados por un uso inexacto, impidiéndome ampliar mi visión. Lo tenía decidido, esos binoculares cortos de vista debían ser sustituidos, por otros que no pinten oscuras sombras en el horizonte… Estaba consiguiendo atisbar mi vida con luz propia y me rebelé ante la ley de la hipocresía.

Sin florituras, palabras, ni razones, nos propusimos ser nosotros mismos. En realidad comprendí que nadie de nosotros éramos raros, simplemente que cada uno actúa de un modo diferente ante la misma circunstancia, emoción o sentimiento. ¿Por qué esconder nuestra propia naturalidad? Está claro que es el maquillaje que más favorece para rebelarte ante la ley de la hipocresía, en el que guardar el equilibrio en ser lo que uno parece, en ocasiones, no es sencillo. Conservar esa mesura me ayuda a soportar sin sobresaltos los contratiempos y enigmas cotidianos que me ponen contra las cuerdas, recordándome que aunque crea que estoy motivada para saltarme a la torera la dichosa ley, ello no significa que lo consiga inevitablemente.

A veces hacemos caso omiso a esas voces que se desgañitan avisándonos que tomar el riesgo de ser uno mismo es fascinante, escuchar esas voces que te enseñan que sentirte el propietario indiscutible de tu vida, sentirte libre de la hipocresía provoca un subidón de adrenalina sin límites.

En fin, como pasar por alto que somos nuestro pasado, nuestro presente, seremos nuestro futuro. Somos nuestras historias, sueños, vibraciones, ideas. No hay nada malo en ser lo que uno es, en realidad nadie sabe serlo mejor que uno mismo.

Y ¿Por qué no? Vivamos la vida al ritmo de la música que nos emociona….

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Saludos

Gina Murillo

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Gina Murillo, el arte de la comunicación no verbal