El silencio: más letal que mil palabras

El silencio: más letal que mil palabras

Ser o parecer silencio letalAl principio no fue la palabra, sino el silencio, y del silencio emergió la palabra con sentido (F. Torralba

Nuestra sociedad está llena de alboroto, griterío, bullicio, ruidos; factores decisivos para ocasionar  un cierto desconcierto. Creemos que sólo con la palabra, podemos persuadir, convencer, establecer lazos; por cierto: una palabra, que a menudo cae en el olvido, se la lleva el viento, o carece de todo interés para el que la escucha.

Casi todos creemos que si nos quedamos en silencio, si callamos, somos percibidos como individuos que no tienen nada que decir, que somos ignorantes o que carecemos de argumentos para aportar. En una palabra que somos perdedores, poco sociables, y éstos, no nos engañemos, interesan a pocos.  Con frecuencia, siento, como si en esta sociedad, el silencio no fuera soportable.  

Los silencios, no son un elemento fortuito en la comunicación. El silencio, los silencios se gestionan. Ello da pie a que tengan diversos significados en medio de una conversación, presentación, mitin, entrevista de trabajo… En este sentido, podemos distinguir:

El silencio objetivo, que se define: como la ausencia de sonido sin otra connotación. Forma parte de la puntuación normal de una frase.

El silencio subjetivo:

Puede ser simplemente que has perdido el hilo de la conversación y adoptas un aire pensativo: con una mirada inconsciente a tu cerebro, con el fin de recuperar la información perdida, o una mano en la boca como diciendo: “habla de una vez”

El silencio con pausas: simplemente, esperamos una respuesta. Ese silencio lo solemos acompañar con un gesto de la mirada, o señalando con la mano al interlocutor. En realidad estás comunicándole: “he acabado, ahora te toca a ti”

Otro silencio con pausas, (que de casual no tiene nada), es aquel que tiene una carga dramática o teatral. El ejemplo claro de un actor, conferenciante, político…  Es ese silencio estudiado, que utiliza hábilmente, después de haber acabado una frase, actuación… que considera parte importante de su mensaje. Su fin: ganarse un aplauso, la carcajada del público… acompañando ese silencio (accesorio imprescindible para su actuación) con los gestos de su mirada hacía el auditorio, con la cabeza alta, brazos abiertos, las palmas de las manos hacia fuera y el pecho y la columna erguida.  Clara señal de autoconfianza.

Silencios de sumisión, que denotan cierta falta de confianza. Los típicos silencios, que asienten o niegan con la cabeza gacha.

Los silencios en forma de poder: el que ejerce un profesor o un jefe, cuando se acerca a observar, con una mirada fija y una expresión impávida,  lo que estás haciendo. Sin lugar a dudas, consigue intimidarnos.

Silencios que otorgan. Silencios que quieren evitar conflictos. Silencios que muestran desinterés. Personas que siguen el refranero español: en boca cerrada no entran moscas…

 Silencios colectivos, obligados. Silencios de sujetos que prefieren callar a decir bla,bla,bla.

Yo creo que la inmensa mayoría, necesitamos rellenar las pausas silenciosas, aunque sólo sea, para hablar del tiempo… me remito a la prueba del ascensor.

A menudo, nos asusta el silencio, quizá porque lo asociamos a momentos de soledad  o porque no sabemos vivirlo, o interpretarlo, o aplicarlo bien.

A veces, es ese silencio el que otorga sentido a la palabra.

¿Ser o Parecer? Comunicación no verbal

Un saludo

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Gina Murillo, el arte de la comunicación no verbal

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¿Esperar qué? Si todo está en ti: Comunicación no verbal. Emociones [Tapa blanda]

Gina Murillio Benedicto (Autor)

 

Reseña del editor

Yo con éste, mi nuevo libro: ¿Esperar qué? Si todo está en ti, he intentado entreabrir un resquicio hacia mi interior, profundizar, analizar, los secretos que la comunicación no verbal nos grita a voces, y como no, hacerme reflexiones en voz alta, no carentes de interrogantes. No me preguntes ¿por qué?, pero parece ser que es éste, mi signo ortográfico favorito. Bueno, quizá sea porque me encanta el reto, la magia de las emociones propias y ajenas. Me encanta la curiosidad, es ella, la que alerta mi imaginación; la que se encarga de comunicarme que la vida está en constante movimiento. Quizá sea ella, la curiosidad, la que curiosamente revela que cada uno actúa de un modo diferente ante la misma circunstancia. La que
me lleva a observar, a pensar, que nadie es raro. Probablemente porque cada uno de nosotros somos únicos. Quizá, sea ésta otra razón, la que me lleve a obtener como respuestas, más interrogantes en este incesante viaje, cuyo destino, la vida, en sus numerosas escalas, te avisa de que vivir es un verbo de acción. Asimismo, te comunica que tu relación, tu fuerza, en definitiva, tu existencia, hay que vivirla y no sólo imaginarla. Esas mismas escalas, son las que te enseñan, que la alegría es una buena compañera y que es su compañía, la que te proporciona sensaciones de bienestar, de paz, de sosiego, de armonía. Esas paradas, te recuerdan que tu vida no depende de si alguien viene o se va; te recuerdan que el único protagonista de tu vida eres tú. Te recuerdan que tomar el riesgo de ser tú mismo es apasionante. Te recuerdan que el desafío de la reinvención proporciona un subidón de adrenalina que te hace vibrar. Te recuerdan al fin, que tú eres el único propietario de esa llave mágica, capaz de abrir todas las estancias de tu existencia, y que por nada del mundo puedes dejarla escapar. Esas señales, esas voces que se desgañitan avisándote –avisándome– de que todos los trayectos de tu vida tienen un gran interés, pero que algunas veces mi sordera interior, no me permite escucharlas y los paso por alto. Sin embargo, otras, resuenan como un eco en mi interior, evocando a mi poder de decisión: elijo vivir por y no por casualidad. Elijo hacer cambios en lugar de tener excusas. Elijo estar alegre y no amargado. Elijo autoestima y no victimismo. Ese viaje a través del aprendizaje, en el que guardar el equilibrio, ayuda a soportar sin sobresaltos los contratiempos y enigmas cotidianos, en el que las respuestas, presumiblemente, caen a cuentagotas. En ocasiones, ese dosificador te hace recapitular e invocar a la paciencia. Una lección que tenemos que aprender desde el inicio de nuestros días… Practicar la paciencia cuesta lo suyo. Ese goteo lento de respuestas que te indican que, aunque digamos que estamos motivados para hacer un cambio, ello no significa que el cambio se produzca inevitablemente. Tenemos que encomendarnos a la infalible, costosa e ignorada… Perseverancia. Cuando creí que tenía respuestas, hallé en ellas más preguntas… ¿A ti no te pasa también? ¿Esperar qué? Si todo está en ti.

Biografía del autor

Nacida en Valencia, España. Universidad de Valencia. Dedicada al mundo de la moda , la imagen y venta en una cadena de boutiques. Actualmente, impartiendo cursos dedicados al estudio de la comunicación personal, como método para lograr un mayor conocimiento y desarrollo en el ámbito personal, social y professional. Gina Murillo 2014


 

Personal shopper, su pretensión: mejorar la importantísima primera impresiónEl riesgo, la suerte, la fortuna, el desafío, la posibilidad de ser uno mismo