Gina Murillo

Ser o Parecer

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Ampliando destinos: París

Fragmento de mi libro: “Mis vistas desde Inocencia”… Como iba diciendo, amplié mis destinos, el siguiente fue París.

Cogía el tren nocturno Barcelona – París que llegaba a primera hora de la mañana a la estación “Gare D´Austerlitz”. Había pasado la noche en un compartimento de cuatro literas, junto a desconocidos. Lo tenía todo bajo control: el dinero lo llevaba en una faltriquera azul que me había hecho, atada a la cintura, unos bocadillos de casa para no gastar dinero y agua.

Lo que me costaba dominar más, era mi inquietud y nerviosismo por encontrar lo que yo quería: unos modelos diferentes a un precio razonable, para que mis clientas ilusionadas por mi regreso no quedaran defraudadas. Cuando el tren anunciaba su llegada, yo ya estaba preparada diez minutos antes… Tenía tanto que hacer en tan sólo día y medio. Normalmente cogía un hotel cerca de la estación, dejaba mis maletas vacías para llenarlas de género y cogía el metro en dirección a Saint Denis.

Cuando subía por las escaleras del metro, mi olfato detectaba el aroma característico de la zona. Los vendedores ambulantes de comida de sabores exóticos, empezaban a encender sus fogones. Cuando salía a la superficie, me topaba con la “Puerta de Saint Denis”, un arco de triunfo, tamaño miniatura, que abrió su puerta tiempo atrás a personas de todas las nacionalidades, razas, lenguas y culturas: africanos, kurdos, pakistaníes, argelinos, chinos, turcos, indios…

Cuando llegaba, sobre las 9,30, giraba mi cabeza de un lado a otro para admirar con asombro, el espectáculo caótico. Me quedaban por delante horas de exhibición, no sólo de moda y complementos, se abría la cancela de un gran circo, en cuyo escenario la función estaba servida, por todos los que circulábamos por ese barrio parisino, sin orden ni concierto.

Después de un pequeño recorrido por la “Rue Faubourg Saint Denis”, me adentraba por callejuelas, donde en bajos y en pisos con escaleras lúgubres, en las que de un momento a otro te esperas lo peor, entán instalados un sinfín de talleres donde fabrican la moda que acaba de desfilar en los grandes salones de París, Milán o Nueva York.

Unas callejas en las que bullía la acción, ahí iba yo, con la agenda de direcciones, abriéndome paso entre los jóvenes que repartían publicidad; entre hombres de todas las razas, portando rollos de telas y percheros llenos de ropa. Esquivando a los sin techo tirados en el suelo. Tratando de adelantar a las abuelas senegalesas, que discurrían con toda su pachorra acarreando los carritos de sus nietos. Intentando no apoyarme en la pared, para que no creyeran que era una más de las prostitutas apostadas sobre ellas, con una originalidad en su vestuario que me dejaba atónita.

Definían el papel que jugaban: unas iban con mini faldas de cuero que sostenían con anchos cinturones provistos de látigos, esposas y demás utensilios para los amantes del sadomasoquismo. La parte superior de su cuerpo apenas la cubrían con un sostén de cuero negro por el que brotaban sus despampanantes pechos. Otras que nunca había visto antes: vestían como antiguas maestras de escuela: faldas con vuelo a media pierna, blusas abotonadas con lazada en el cuello y zapatos de salón. Luego ya estaban las más convencionales: medio desnudas, con corpiños ajustados ligueros y tacones de aguja…

Si te apetece continuar leyendo…

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Saludos

Gina Murillo

Pintura de Henri Rouseau

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Gina Murillo, el arte de la comunicación no verbal